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Blog: Rocío Brauer

LA PRINCESA
Publicado: julio 10, 2014

Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos. Joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura. Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riqueza que amor y perseverancia.

Cuando le llegó el momento de hablar, dijo: – Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esa es mi dote… La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar: – Tendrás tu oportunidad: Si pasas la prueba, me desposarás Así pasaron las horas y los días.

El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos. Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de la zona habían salido a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la joven princesa, se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño lo alcanzó y le preguntó: – ¿Qué fue lo que te ocurrió? … Estabas a un paso de lograr la meta… ¿Por qué perdiste esa oportunidad?… ¿Por qué te retiraste?... Con profunda consternación y algunas lagrimas mal disimuladas, contestó en voz baja: – Si ella no me ahorró un día de sufrimiento… Ni siquiera una hora, es porque no merecía mi amor.

El merecimiento no siempre es egolatría sin dignidad. Cuando damos lo mejor de nosotros a otra persona, cuando decidimos compartir la vida, cuando abrimos nuestro corazón de par en par y desnudamos el alma hasta el último rincón, cuando perdemos la vergüenza, cuando los secretos dejan de serlo, al menos merecemos comprensión.

Que se menosprecie, ignore o desconozca fríamente el amor que regalamos a manos llenas, es desconsideración o, en el mejor de los casos, ligereza. Cuando amamos a alguien que además de no correspondernos desprecia nuestro amor y nos lastima con su indiferencia, estamos en el lugar equivocado. Esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigamos. Si no te sientes bien recibido en el corazón de alguien, empácalo, vete. La misión de todos en este mundo es encontrar la felicidad y darla de regreso. Y qué tan dispuesto estar a dar tu amor a alguien que no te devuelve ni siquiera su consideración.

La consideración es una virtud que muy pocas personas llevan a la práctica, ya sea en el amor o en lo familiar o círculo social o de amigos…por eso cuando alguien no sea recíproco en ese aspecto, dedícale: La Princesa.

 

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