Arte feminista para expresar causa y sanar las heridas (parte 3)

La importancia del arte que invita a la conversación 

“¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Met Museum? Menos del 5% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un 85% de los desnudos son femeninos”, dicta un famoso cartel de la colectiva Guerrilla Girls, un grupo de artistas estadounidenses anónimas creado en 1984. Desde entonces, con su arte y protesta, abrieron las puertas a campañas que buscaban la “conciencia del mundo del arte”, frase con la que se autodenominaron.


Tanto en México como en distintas partes del mundo, la gráfica ha sido muy importante en los movimientos sociales. La ilustración y el dibujo son un vaso comunicante que puede representar no sólo ideas, sino sentimientos. “Eso ha sido muy importante en los feminismos y ahora en las redes sociales como Instagram, que ha empoderado a chicas que están mostrando su obra ahí”, reconoce Millán.


“Hace un par de años, comenzaron a tejerse redes en los círculos literarios y artísticos para tratar problemas de género específicamente. Empezamos a nombrar violencias que sabíamos que estaban, pero no las habíamos reconocido puntual ni masivamente en la experiencia de les otres. Este primer encuentro (en 2019, año del #MeToo mexicano) me hizo ver la importancia y grandeza del problema, a la par, la importancia de crear lazos y comunidad”, asegura Irasema Fernández.


Una de sus líneas de acción ha sido la de confrontar. El trabajo de Irasema Fernández está inspirado en parte por el de Sonia Madrigal, quien ha trabajado en la zona de Nezahualcóyotl, al oriente del Estado de México. Su obra sale del museo y “explora distintas narrativas visuales para reflexionar, de manera personal y colectiva, en torno al cuerpo, la violencia y el territorio”, explica en su biografía. 


Si bien ha expuesto en espacios cerrados, el mayor interés de Irasema ha sido la calle, pues es ahí donde se sale del “privilegio de la esfera cultural”, como ella lo nombra. “Trabajar con Sonia Madrigal pintando una barda en Santa Clara Coatitla, Edomex, fue un impacto inmediato con la gente de la calle; veían cómo estábamos interviniendo el espacio público, lo discutían, lo celebraban o incluso lo censuraban, pero para mí fue algo revelador que hubiera diálogo con el arte”.

Aunque no todos los casos de censura resultan tan alentadores. “Me invitaron a hacer un mural en Wadley, San Luis Potosí, y dibujé, como usualmente dibujo, a una mujer desnuda. El problema es que no me di cuenta de que al lado había una iglesia”, recuerda Carolina Castro, gestora cultural y artista autodidacta, de 27 años. Su mural fue censurado con un bikini rosa cuando ella ya estaba en la Ciudad de México. “Me molestó mucho el hecho de pensar que la misma sociedad que acepta que se promueva un periódico donde aparece una mujer desnuda y al lado un cuerpo destripado, se indigne al ver una caricatura. El mural era de una mujer desnuda recostada en cactus, era un motivo de dolor y por eso me molestó que le pintaran un bikini, como de comodidad”.


La fotos del antes y el después del mural las subió a Facebook el 31 de agosto y a la fecha se han compartido más de 4,500 veces. Para Carolina, aunque esta experiencia fue un trago amargo, no piensa que esto la derrote. “Por la violencia que hemos sufrido, es admirable que las mujeres salgan a la calle, más aún que intenten hacer arte afuera y yo pretendo visibilizar eso. Quiero que el arte vuelva un espacio seguro a esas calles, porque si habemos más mujeres afuera, va a ser menos peligrosa para nosotras”.


El alcance del arte público, explica Fernández, tiene un impacto social real porque toca a una sociedad que está vibrando con esos mensajes: “Me encanta que la gente quite, borre o destruya las expresiones de arte, porque eso significa que son mensajes que importan. Si está el enojo es porque hay un diálogo y eso me motiva a poner más, veo dónde está la ruta de que el mensaje está llegando a su interlocutor”.


Tanto a Irasema como a Carolina les agrada el arte que no sólo es contemplativo, sino el que invita a una conversación. De este segundo hay mucho en las calles, sobre todo de mujeres que están confrontando la violencia de género y que resulta un abrazo para las que caminan solas. “Es una forma de acompañar anónimamente a alguien que puede sentirse frágil”, concluye Irasema.

(Por Cristina Salmerón)

Tema de interés: Arte feminista para expresar causa y sanar las heridas (parte 2)